14 mar. 2012

EL PELIGRO DEL PERVERSO NARCISISTA


Un maltratador tiene una conducta bien estudiada. Necesita que su víctima potencial “caiga en sus redes” y para ello es imprescindible acercarse a ella. Con este objetivo potencia al máximo sus dotes de seducción, logrando crear un cierto vínculo de “dependencia emocional” y confianza.  El gran peligro radica en su enorme poder de atracción. Durante esta etapa de seducción, la víctima está siendo manipulada sin que lo perciba conscientemente, ha llegado a “admirar” y confiar de tal forma en el maltratador, que automáticamente llega a hacer lo que éste desea. No creo que podamos hablar de un comportamiento sumiso de la víctima, sino más bien de una conducta basada en la confianza hacia aquel personaje que sólo “desea su bien”. 

El poder del seductor hace que la víctima se mantenga en la relación de dominación de un modo dependiente, mostrando su consentimiento y su adhesión. Eventualmente, esto trae consigo amenazas veladas o intimidaciones” El seductor trata de debilitar para transferir mejor sus ideas…..  Así, el dominador puede llegar a apropiarse de la mente de la víctima, igual que en un verdadero lavado de cerebro” (Fuente: El acoso moral. Marie-France Hirigoyen).

Una vez que el maltratador ha logrado seducir a la víctima y siguiendo en su línea de manipulación, comienzan los primeros “ataques” que no siempre pasan desapercibidos, pero que la víctima tiende a disculpar o a interpretar erróneamente: “Habré entendido mal”, “son cosas mías”...  Son ataques sutiles, escondidos, la mayoría de las veces, tras un tono suave y una agradable sonrisa. La víctima mira a su alrededor y al no obtener ningún indicio claro de maltrato no logra entender y se autoinculpa por ser tan “malpensado/a”. Al principio estos ataques son relativamente esporádicos; poco a poco su frecuencia va aumentando. Para entender esta forma de actuar te invito a leer este enlace: maltrato sutil 
La confianza y autoestima de la víctima van decayendo de forma imperceptible. El acosador está logrando lo que se proponía: autoafianzar su orgullo, amor propio, fuerza y dominio sobre los demás y aniquilar la estabilidad emocional de su víctima.  El juego no ha hecho más que empezar y la balanza ya pierde su equilibrio: el lado del maltratador sube peligrosamente mientras que el de la víctima baja.  Quizás ésta empiece ya a desconfiar un poco de la buena fe de su superior, pero al mismo tiempo le corroe la mala conciencia por sus pensamientos y se autoconvence de que está equivocado/a. Durante todo este proceso, la víctima es cada vez más débil, más dependiente: ha caído de lleno en el dominio y la manipulación del maltratador y simplemente siente vergüenza por los sentimientos que le asaltan y ante todo culpa, mucha culpa. Si alguna vez intenta expresar sus sentimientos con algún compañero (en el caso de que aún le quede alguien para hablar), parece que no le entiende. Incluso con frecuencia escucha frases de elogio hacia el acosador, lo cual no hace más que fomentar su desconcierto e impotencia.  En el fondo es lógico: el perverso ha logrado manipular también a los compañeros y al entorno laboral de la víctima, llevándolos a su terreno; les ha encandilado y, a su manera, también seducido, pero con otro propósito: asegurárselos como aliados en su lucha para lograr la destrucción de la víctima.
Autor: Gabriela Acedo Emmerich