18 dic. 2011

DESDE LA TRANQUILIDAD Y MIRANDO HACIA ATRÁS...

 
Desde la tranquilidad y mirando hacia atrás,  con las emociones más controladas,  sin rabia ni odio,  aceptando que ocurrió y no preguntándome ya el porqué, he llegado a las siguientes conclusiones:

Aunque pueda resultar para algunos difícil de entender, en ocasiones agradezco haber vivido esta situación: me ha hecho crecer, ser más persona, tener más empatía.

Me niego rotundamente a sentir autocompasión, a sufrir más… Todo esto lo relego al pasado. Ocurrió y no puedo dar marcha atrás y, por tanto, no queda más remedio que aceptarlo.

Secuelas, claro que quedan. Psíquicas: me agobio con mucha más facilidad que antes, cualquier ruido imprevisto me hace saltar de la silla y reaccionar de forma exagerada y, ante todo, sigo evitando acercarme a la “zona cero”. Sin embargo, estoy convencida de que es simplemente cuestión de tiempo…  y, en el caso de que se cronificaran,  tampoco sería para tanto: puedo convivir con ello.  Físicas: también quedan pequeñas secuelas y alguna que quizás pudiera aflorar en el futuro por haber maltratado mi cuerpo durante algunos años, al negarle la alimentación.  También lo acepto. Allí están, de la misma manera que alguien que tenga una dolencia crónica y sepa que tiene que cuidarse más. 

Todo esto, en cierta medida, me ha servido de lección, me ha servido para reconocer mis puntos débiles, para intentar ser más asertiva, para comprender que no debo necesitar la aprobación de los demás sino sólo la de mi conciencia, me ha servido para demostrarme que la vida te tira piedras pero te da la oportunidad de saltar sobre ellas, me ha servido para demostrarme que todo llega en su momento, si yo lo permito y, ante todo, me ha servido para reafirmarme en mi convicción de que la inmensa mayoría de personas merecen la pena…

La impulsividad es, en muchas ocasiones, un gran enemigo, sobre todo con determinado tipo de personas. Antes de tomar una decisión tengo que tomarme mi tiempo. Aún así me equivocaré muchas veces, ¡soy humana!, pero minimizo el riesgo de caer ante provocaciones, de responder demasiado rápido, de dejarme llevar por la emoción, permitiéndome racionalizar y ser dueña de mis actos.