15 ago. 2011

Un antes y un después


SUEÑO:
Tengo terapia con Marc. Acudo pues puntualmente a la cita. Espero sentada en la sala de espera hasta que aparece y me pide que le acompañe. Estoy sentada ante él en su consulta y de repente me dice:
-Un momento, ahora vuelvo.
Me quedo sola en la habitación y unas voces se van acercando. Reconozco la voz de Marc y otra tan conocida por mí. El terror se apodera de mi cuerpo y mi mente.
-No puede ser cierto, pienso.
-Marc no pude traicionarme de tal manera, sigo pensando.
Lentamente se van acercando cada vez más las dos personas, Marc y ¡Pere!, a la consulta. Mi vista pasa rápidamente por todos los posibles escondites. Debajo de la mesa no es posible, me vería enseguida. En mi desesperación me levanto de la silla y me acurruco rápidamente en el rincón más alejado, tapándome la cabeza”.



SUEÑO:
“Vuelvo a trabajar en la oficina. Me dan un despacho luminoso y grande. Voy con recelo y muy dolorida, pero acepto la oferta. Una vez dentro veo a Margarita y a otro compañero muy agradable. Margarita, con la que había llegado a tener una relación muy buena, no me mira a la cara.
-Margarita, hola, le digo
Ella no me responde.
-¿Por qué no me miras a la cara? ¿Qué ocurre? ¿Tienes miedo de que tu trabajo peligre si te relacionas conmigo?
Por fin me mira y me dice:
-Vamos a bajar a dar una vuelta.
Pues sí, voy a bajar y no rendiré cuentas a nadie. Tengo el mismo derecho que los demás a mi pequeño descanso a media mañana.
Volvemos a la oficina y me llama un joven que no es Pere y me ordena:
-Gabriela, baja a comprar café.
-No, le respondo.
-¡¿Nooo?!, me pregunta gritando.
-Por supuesto que no. No he sido contratada para esto. Además ya conozco la evolución: ahora es café, mañana es limpiar, pasado es dejarme sola arriba mientras todos bajáis, etc. etc. Esta vez no caigo, le digo tranquilamente.
-¿Es tu última palabra?, me pregunta con la cara roja de rabia
-Sí, respondo firmemente y sin perder la compostura.
-Pues ya sabes las consecuencias: ¡a la calle!
-De acuerdo.
Me despido de todos y ya casi en la puerta aparece Pere. Me mira con cara altiva, prepotente, con desprecio y asco.
-Pere, ¿Me podrás dar por favor el finiquito?, le pregunto educadamente y con la cabeza bien alta.
-Espero que esta vez se prepare el mismo, digo claramente
Su cara cambia radicalmente. Parece sorprendido de mi frialdad. Desaparece toda su prepotencia y su cara adquiere una expresión de cervatillo degollado.
-Sí, tranquila, lo haremos y te lo ingresaremos en tu cuenta.
Su expresión, su mirada e incluso su pose son irreconocibles: el desprecio se convierte en respeto, casi miedo diría yo. Ha pasado de verdugo a cobarde derrotado.
- Bien, gracias. Adiós.
Me voy de la oficina orgullosa de mi reacción, con un peso menos y ante todo, muy, muy tranquila.

(Retazo de "Cruzando el Puente de la Razón")